11 de mayo del 2015

Dos dolorosos y lamentables hechos de violencia conmovieron a la opinión pública la semana pasada en el estado: los asesinatos de un abogado en la ciudad de Coatzacoalcos y de una jovencita en el puerto de Veracruz.

Era de esperarse que al saberse los trágicos desenlaces se levantara una ola de indignación y que se especulara sobre los autores y sus motivaciones.

Estos  hechos delictivos, lamentablemente, no son ni han sido los únicos. Dada la recurrencia de casos de sangre desde hace ya mucho tiempo, voces críticas fustigaron a los responsables de los cuerpos de seguridad y procuración de justicia y al gobernador mismo, responsable de la conducción del gobierno.

Sin embargo, tiene que reconocerse que esta vez se actuó pronto y con eficacia, esclareciéndose los dos casos y deteniéndose a los presuntos responsables, algo que no ha sido el denominador común. Por eso, a mi juicio, tiene que reconocerse que esta vez haya habido resultados en la investigación.

En estos dos hechos, si bien nunca dejará de lamentarse lo que sucedió porque cobró dos valiosas vidas humanas, al menos ha quedado claro que no se trató de acciones de la delincuencia organizada, aunque la delincuencia criminal, organizada o no, es igual de condenable y no es ningún consuelo saberlo.

Otro que tendía a ser un hecho lamentable más, la presunta desaparición de otra jovencita de Xalapa, se resolvió cuando se confirmó que no le había pasado nada sino que ella por iniciativa propia había huido de su hogar. Pero, como quiera que sea, fue un caso que se resolvió.

La vida del abogado y la de la joven del puerto de Veracruz son irrecuperables y nunca dejarán de lamentarse. Basta ponerse en el lugar de sus familias para dimensionar el daño causado.

Pero que su sacrificio, el esclarecimiento, sirvan para saber muy bien que aparte del amago de la delincuencia organizada, no es menos peligrosa la delincuencia común, la que amenaza más al ciudadano común, y que es obligación del Estado reforzar sus políticas y acciones preventivas de seguridad y de procuración de justicia, así como de investigación ministerial, para evitar más dolor en las familias veracruzanas.

Yo siempre he sostenido que las cosas que se hacen mal en el gobierno deben ser condenadas y  castigarse cuando la mala acción lo merece, pero también que si las cosas se hacen bien deben ser reconocidas. Al menos la investigación de estos casos dio frutos, lo que nos habla de que las autoridades no se quedaron con las manos cruzadas.

Soy de los que piensa que los malos, los delincuentes dispuestos a hacer el mal, son malos y harán el mal sea quien sea la autoridad, el gobierno. Qué bueno sería que si mañana se quitara al Gobernador, al secretario de Seguridad y al Fiscal la delincuencia y la violencia cesaran como por arte de magia. No es así.

Esto no quita que esos tres funcionarios, por la alta responsabilidad de su encargo, tienen, eso sí, la obligación de exigir a sus subordinados que trabajen de la mejor forma posible y de vigilar que las estrategias de seguridad sean las mejores y más eficaces, sin escatimar recurso alguno.

Si critico malas acciones del gobierno, creo, por la información que tengo, que en materia de seguridad hacen todo lo posible por garantizar la seguridad, pero es difícil, en el caso de la delincuencia organizada, combatirla con el poderío que ha adquirido, de tal tamaño que ya incluso derribó un costoso y moderno helicóptero del Ejército con soldados y policías de elite.

Desde la semana pasada permanezco en el Distrito Federal, desde donde escribo. Desde acá sigo por los portales informativos la vida pública de Veracruz. Lo más destacado, sin duda, es el clima de violencia que se ha recrudecido.

Con todo y el índice de delincuencia que tiene la Ciudad de México, al menos por donde he andado a diario respiro bastante tranquilidad. Lo peor que vivo es, en ocasiones cuando los utilizo, los apretujamientos en el Metro y en el Metrobus, pero eso es algo que forma parte de la vida diaria de los capitalinos. Algo normal, si se quiere.

Acá, ya se sabe, la delincuencia está más localizada en algunas colonias (la ciudad tiene más de 20 millones de habitantes y es la tercera más poblada del mundo)  pero, insisto, veo a los defeños hacer su vida diaria con prisa pero con seguridad y tranquilidad hasta donde es posible y deseable.

No dejo de contrastar este clima con el de Veracruz. Veo pasar, ir y venir, viajar en los transportes públicos, caminar por las calles de muchas delegaciones de la ciudad, a mujeres, muchas jovencitas, solas o con amigas, alegres, que salen como si no tuvieran temor a ser secuestradas, violadas y asesinadas. A propósito he checado la prensa capitalina y no he encontrado una nota que dé cuenta que alguna joven, o fue levantada o apareció amordazada, maniatada y asesinada.

No es que esto sea el paraíso terrenal de seguridad. Sin duda no. Pero en comparación con nuestro estado, tanto por su tamaño geográfico como por su número de habitantes, creo que lo que pasa en Veracruz es para estar verdaderamente preocupados. Se resolvieron, por fortuna, dos hechos que impactaron a la opinión pública, pero hay muchos, muchísimos pendientes por esclarecer. Sigue gravitando más lo negativo que lo positivo.

Para ser justos, aunque eso no sirve de consuelo, la situación no es privativa de nuestra entidad. Otros estados se disputan los titulares de los diarios capitalinos por su ola de violencia e inseguridad.

Yo no tengo duda de que el Gobierno de Veracruz trata de hacer lo más que puede, todo lo que puede, por mantener el mejor clima de seguridad.  Al menos, y eso tampoco sirve de consuelo, todavía no llegamos a los enfrentamientos de Tamaulipas, Michoacán o Jalisco, pero no hay duda de que en algunos casos los cuerpos de seguridad del estado están siendo rebasados ya, lo que se torna muy preocupante.

A raíz de los sucesos en Jalisco, la prensa informó la semana pasada que ante la presión de las fuerzas de seguridad, la delincuencia ha huido hacia Veracruz por su ubicación estratégica. Seguramente el comando conjunto de seguridad del estado está actuando para contenerla. Recemos porque no vivamos en nuestras calles lo que han vivido y viven los vecinos de otros estados.

Pero de que la delincuencia está actuando, hablan las notas informativas que dan cuenta de hechos antes impensables.

Creo que en materia de seguridad debemos unirnos sociedad y gobierno. El gobierno debe actuar, está actuando, pero es hora también de que volvamos a nuestras propias medidas de seguridad que adoptamos en 2011.

Dos hechos son innegables: la delincuencia está desatada de nuevo, organizada y no, y a veces parece que las acciones de gobierno no son suficientes. La sociedad corre riesgos. Empecemos por cuidarnos nosotros mismos. No nos queda de otra.

 


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