11 de mayo del 2015

¿Recuerdan al muchacho que atropelló una van cuando iba circulando sobre Araucarias hace más o menitos unos 10 días? Si, ese joven al que auxilió una enfermera que salió de la nada y puso orden donde no había más que caos. Pues bien, he logrado una parte de mi cometido, y aunque con el dolor de mi corazón les informo que no he podido localizar al muchacho (porque según nadie sabe nada y nadie quiere dar ese paso extra para ayudar), si pude ponerme en contacto con la jovencita que lo atendió en el sitio del accidente.

Claro está que mis labores detectivescas dejan mucho que desear, tanto que se requirió del ojo avizor de uno de ustedes para lograr la pista requerida. Pero el caso es que pude contactar a la señorita, y déjenme decirles que es justamente lo que dijeron de ella, y mucho más. Por cuestiones de privacidad (y porque realmente no busca ningún tipo de reconocimiento o fama) voy a omitir su nombre, pero finalmente creo que un nombre no es importante, lo importante aquí es lo que ella inició.

Después de batallar un poco, de jurarle y perjurarle que solo quería platicar con ella y que no divulgaría su identidad, aceptó mi invitación a tomar un café. Nunca esperé encontrar lo que mis ojos vieron en esa tarde nublada, mientras amenazaba la tormenta, cuando finalmente nos logramos reunir. La mujer que se presentó ante mi portaba un uniforme blanco prístino, el cual iba acompañado de una cofia muy bien almidonada y el suéter azul marino de rigor. La recordaba más alta, sin embargo esa luz que emitía la noche en que la vi por primera vez continuaba rodeándola como si fuera parte misma de su ser.

Su voz, esta vez tenue y relajada, denostaba alegría y buen humor. Sus ojos color miel dejaban entrever una risa pícara que no se colaría por sus labios hasta después. Resulta que es mucho muy joven, tanto que podría ser una de mis hijas. Sin embargo, su simple presencia es tan imponente que sería difícil no notarla. Lo más chistoso es que ella misma no se ve así, es tímida y callada, casi como si tratara de ser invisible, aun cuando lo único que logra con eso es darle un aire extra de humildad a todo lo que ya es.

Con un ágil movimiento de las manos se retiró la cofia, tímidamente pidiendo disculpas por hacerlo, explicándome que no debe salir del ambiente hospitalario con la cofia puesta, aunque por la prisa se le olvidó. Colocándola en un estuche pequeñito, se sentó frente a mí, delicadamente, sonrojándose un poco, casi como si le diera pena estar ahí.

Después de presentarnos y ordenar nuestro café, olvidé toda gracia social y torpemente le pregunté por qué. “¿Por qué hiciste eso en un mundo donde a nadie le importan los demás? ¿Sabes que hay gente que piensa que eres un ángel, una heroína?” Aquí fue donde dejó escapar una risa tintineante al imaginarse en el papel de heroína mitológica. Sin embargo, pronto se compuso y la seriedad regresó a su mirar.

“¿Heroína? Pero, para nada” me dijo. “Yo solo hice lo que tenía que hacer”. Maravillada por la sencillez de su respuesta le pregunté si se había detenido a pensar, aunque fuera por un segundo, la trascendencia de su actuación. Su respuesta fue tajante: “No. ¿Por qué tendría que pensarlo? Esto es algo que hago todos los días, en la sala de urgencias, en terapia intensiva, en el mismo quirófano. Es simplemente lo que hago, para esto nací. Y no solo yo. Somos miles, decenas de miles de enfermeros, tanto varones como mujeres, que a diario llevamos a cabo lo que tu llamas acciones heroicas, solo que lo hacemos en silencio, sin presumir.”

Su respuesta silenció mis pensamientos, dejándome anonadada, cavilando la verdad de sus palabras, pero pronto recuperé el hilo y continué indagando. Me enteré de que ella iba pasando en ese momento por ahí con sus papás, cosa que me sorprendió, porque no la vi hasta que apareció en la escena del accidente. Ella me habló de todo el esfuerzo que invirtieron sus padres para poder cumplirle su deseo de estudiar enfermería, y que gracias a ellos había aprendido a una edad muy corta cuál era su verdadera vocación.

Porque si, para ser enfermero se requiere de una vocación como ninguna otra. Los enfermeros lidian a diario con la parte más triste y patética de la vida, limpian lo que ninguno de nosotros limpiaría, consuelan, atienden, y se aseguran de que sus pacientes estén lo más cómodos que se pueda en medio de su pesar, y todo sin esperar nada a cambio, día a día, con una sonrisa honesta en la cara y una palabra de aliento para el familiar.

La plática se extendió durante mucho tiempo y con el transcurrir de los minutos aprendí que el amor nato que vive en el corazón de los enfermeros es digno de admiración. Esta chiquitina ha tenido que ver la muerte de cerca, mirarla a los ojos, enfrentarla con valor mientras sostiene la mano del enfermo terminal, nunca dejando de lado su profesionalismo y humanidad. De la misma manera, ha recibido vidas nuevas entre sus brazos, escuchando el primer latido de su corazón.

Por último le pregunté que le gustaba más de ser enfermera y su respuesta me sorprendió una vez más. “Los bebitos” me dijo. “Es que cuando los bañas por primera vez se te enroscan así en el brazo y dan muchísima ternura. Además, me encanta ayudar a las mamás nuevas con su bebé, ver la ilusión en sus ojos, y el futuro que de pronto se abre ante ellas lleno de amor”.

Demasiado pronto tuvimos que despedirnos. Pude haber pasado horas, días, escuchando lo que tenía que decir. Sin embargo el tiempo apremiaba y en su casa la estaban esperando. Nos dimos un abrazo fraterno, cálido, que contagiaba la esperanza que ella emana de que mañana vuelva a salir el sol para los pacientes que había tenido que dejar atrás. Mientras observaba como se retiraba, la liga que sostenía su cabello limpiamente recogido de pronto se rompió, haciendo que un halo dorado de cabello rubio cayera alrededor de su cabeza. Y una vez más, así como apareció volvió a desaparecer, esta vez saliendo por la puerta de un café.

Nota final: Es increíble como una jovencita tiene tantas lecciones que enseñar. Si me quedé pasmada la noche en que la vi por primera vez, esta entrevista me dejó aún más impresionada. En un mundo donde la violencia y la maldad parecen estarle ganando la batalla al bien hacen falta más humanos como ella. Que orgullo ha de ser para sus padres tener una hija así, y que orgullo para México que nuestras enfermeras y enfermeros mantengan esa calidad humana que enaltece su profesión.

BB