30 de octubre del 2017

Parece que los priistas no aprenden; el tricolor se encuentra en la lona y, al menos en Veracruz, tras las derrotas electorales de 2016 y 2017 (gubernatura, diputaciones locales y ayuntamientos), no se ve la posibilidad de una pronta recuperación.

El partido está perdiendo cada vez más terreno; en 2016, con Héctor Yunes Landa como candidato a gobernador y en coalición con el Verde, Nueva Alianza, Cardenista y Alternativa Veracruzana, apenas superó los 30 puntos porcentuales y se quedó a más de cien mil del triunfo.

En 2017, elecciones para ediles y diputados locales, el Revolucionario Institucional, en alianza con el Verde, sólo ganó 44 ayuntamientos (41 en coalición y 3 en solitario) y no llegó a los 650 mil votos; además, perdió la contienda en los municipios más poblados del estado (PAN-PRD ganaron en Veracruz, Boca del Río, Córdoba, Papantla y Tuxpan; en tanto que Morena obtuvo el triunfo en Xalapa, Coatzacoalcos, Poza Rica y Minatitlán).

En ambos procesos electorales, un factor que jugó contra del PRI fue el efecto Duarte y el escándalo de corrupción en el gobierno del estado.

Sin embargo, también han sido determinantes las deslealtades, traiciones, divisiones y golpes bajos entre los propios priistas.

Esa división se refleja prácticamente en todos los procesos electorales y sobre todo en los momentos decisivos en cuanto a la selección de las candidaturas.

De forma reciente, por ejemplo, el diputado federal Jorge Carvallo Delfín, uno de los personajes más destacados del grupo duartista, hoy sumido en la desgracia política y hasta penal, criticó el predominio de los senadores Héctor y José Francisco Yunes en el priismo veracruzano; dijo que el PRI en la entidad está secuestrado.

Por supuesto, cuando Carvallo trabajaba para Fidel Herrera y Javier Duarte, grupo que gobernó Veracruz durante 12 años, nunca lanzó un pronunciamiento similar, porque él era beneficiario (fue secretario de Desarrollo Social, dirigente del Comité Directivo Estatal, diputado local y legislador federal); se limitaba a callar y hacer genuflexiones y reverencias ante sus líderes; hoy, cuando Héctor y José Francisco Yunes acaparan los reflectores y las posiciones más importantes del partido, el representante del distrito de San Andrés Tuxtla en la Cámara Baja señala que el PRI está secuestrado.

Por cierto, nadie salió a responderle a Carvallo Delfín, probablemente porque el fidelista y duartista ya representa muy poco, casi nada para su partido.

Otro caso, que también evidencia la división y acaso el encono, la animadversión que a veces prevalece entre los grupos priistas veracruzanos, fue  protagonizado por la ex diputada local por el distrito de Pánuco Octavia Ortega Arteaga.

La ex alcaldesa de Pánuco, municipio ubicado en la región Huasteca, reaccionó de forma muy crítica al nombramiento de Lilian Zepahua como secretaria general provisional del Comité Directivo Estatal del PRI.

Dijo que la llegada a dicho cargo de Zepahua García, diputada federal por el distrito de Zongolica, obedece a una imposición, como si todos los nombramientos al interior del PRI no fueran iguales, producto del dedazo.

De igual forma, Ortega Arteaga calificó el nombramiento de Zepahua como una decisión arbitraria; ¿por qué no dijo lo mismo cuando por una determinación cupular fue nombrada presidenta de la Mesa Directiva en la Legislatura del Estado?

La de Pánuco también intentó levantar la voz, lanzando un “ya basta”, al referirse a las decisiones que al interior del PRI favorecen “sólo a un grupo”; posterior a esa declaración, consigna la prensa local, la ex diputada intentó matizar y aseguró que nada tiene contra su compañera de partido… qué bueno, porque si le tuviera inquina, ojeriza, antipatía, sabrá Dios qué diría del nombramiento de la legisladora por Zongolica en el CDE.

Son ambas, la de Carvallo Delfín y la de Ortega Arteaga, que definen a la perfección la naturaleza del priismo veracruzano. Así son, es casi genética; no aprenden. @luisromero85